Competencia desleal en tiempos de peste: La incongruencia de abrir el plato al extranjero mientras se asfixia al corral propio

Mientras los ganaderos mexicanos libran una batalla campal en sus propias tierras contra el avance del Gusano Barrenador y el desplome generalizado de sus precios, las aduanas del país abren otra vía de agua en la línea de flotación del sector. La alerta emitida por la Confederación Nacional de Organizaciones Ganaderas (CNOG) respecto al arribo masivo de carne de bovino procedente de Sudamérica, particularmente de Brasil, ya no es una mera preocupación comercial. Es, bajo toda luz analítica, un contrasentido de política pública que amenaza con desmantelar por completo a los medianos y pequeños productores que sostienen el hato nacional.

El argumento de fondo raya en la indolencia oficial. México se encuentra en un escenario de sobreabastecimiento interno forzado: los corrales están llenos debido al tapón comercial en la frontera norte, la oferta de carne de gancho ha crecido y los precios pagados al productor en corral se han devaluado severamente. Introducir en este preciso instante toneladas de proteína brasileña —bajo la vieja y desgastada premisa de mantener «precios accesibles» al consumidor— no hace más que canibalizar el mercado doméstico. Los grandes empacadores e intermediarios sustituyen la compra de ganado local por embarques extranjeros más baratos, dejando al ranchero mexicano sin canales de salida para sus animales y obligándolo a absorber costos de mantenimiento que simplemente devoran su patrimonio.

La CNOG ha sido tajante al exigir un freno de mano inmediato o, al menos, la aplicación de aranceles de reciprocidad. Resulta inadmisible que las autoridades de la Secretaría de Economía mantengan una política de libre importación con el gigante sudamericano mientras el sector pecuario nacional está bajo un cerco sanitario estricto y sin vías de exportación. No se trata de un temor al libre mercado, sino de una exigencia básica de piso parejo: Brasil subsidia fuertemente sus cadenas de exportación cárnica, una realidad diametralmente opuesta a la que vive el productor mexicano, quien navega a contracorriente sin apoyos fiscales directos y asumiendo los sobrecostos de la crisis zoosanitaria actual.

Además, el riesgo no es únicamente financiero; roza lo epidemiológico. Aunque la carne brasileña importada pasa por procesos de congelación y deshuesado que teóricamente mitigan los riesgos sanitarios, relajar los controles de inspección en los puertos de entrada en medio de la peor emergencia sanitaria de la década es jugar con fuego. Un descuido burocrático en las aduanas del Atlántico podría importar nuevas cepas de enfermedades que sepultarían definitivamente cualquier intento de recuperar el estatus libre de plagas ante el USDA.

Esta persistente apertura a la carne sudamericana expone la desconexión de la política macroeconómica del país.

A fin de cuentas,

la estrategia comercial del Estado mexicano sigue atrapada en la miopía de combatir la inflación mediante la importación barata, prefiriendo subsidiar el empleo y el desarrollo del campo brasileño antes que blindar y rescatar la soberanía alimentaria de sus propios productores rurales en su momento de mayor vulnerabilidad.

Adrian J Garrido, Periodismo Ganadero


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